La credibilidad del personaje

«El personaje evoluciona. Si no, es un personaje pinche». Mientras hacía a pluma una caricatura del profesor Magaña en mi cuaderno, escuché ésta frase que me hizo incorporar y poner atención a la cátedra. Hablábamos de cómo describir un personaje dentro de una narración. (En periodismo, los rasgos que capturamos y percibimos, pues no pueden ser inventados).

Explicaba: un personaje es tridimensional de este modo.

Lo físico Lo social Lo psicológico
  • Complexión
  • Estado de salud
  • Color de piel
  • Deformaciones
  • Herencia ligada al sexo
  • Núcleo familiar
  • Escuela
  • Amigos
  • Trabajo
  • Personalidad
  • Traumas
  • Salud mental
  • Patologías


Algunas cosas parecen demasiado obvias, pero cuando las desempolvamos de las libretas les encontramos bastante utilidad. Por ejemplo, para definir personalidad nos encontramos con un rollo interesante: de entrada, casi todos nos enfermamos por lo mismo pero nos curamos por lo diferente.

No basta con centrarse en su descripción, ésta es solamente una parte de la narración de hechos. El personaje es, pero en la narración es y hace. Para ello, cada personaje evoluciona en alguno de esos ámbitos, o en varios, o todos. Para desgracia o para un ascenso. Enferma o sana. Toma decisiones, enfrenta, o huye.

Y no sólo eso: la hegemonía del poder, entre iglesia, gobierno y capital, también son determinantes para el contexto de éstos aspectos. No viven lo mismo dos personas de la misma edad en dos países distintos. Ni en la misma calle.

¿A quién carajo le importaría un personaje que no cambia nada, sin contradicciones ni problemas a resolver?

Comenzar una narración con éstos parámetros parecía fácil pero en realidad no lo era tanto. Más cuando tenemos enfrente problemas categorizados en términos psiquiátricos como «wicked problem«. O cuando llega al punto del zugswang: una posición en el ajedrez en la que se pierde por estar obligado a jugar. Cualquier movida que uno haga está destinada a nuestra contra.

El conflicto crea tensión dramática, por ello es lo fundamental: sin conflicto no hay historia.

Hay dos perspectivas para resolver el conflicto: la lógica (relato), lo que se ha dicho y la analógica (versión), la historia que hace el autor. En ello, difiere el Jesucristo moldeado por la cultura cristiana del facturado por Mel Gibson, por decir algún ejemplo.

Por eso la idea era siempre salir de lo obvio y hallar esos entramados que le brinden riqueza a la narrativa (un ejemplo que me encanta releer).

En esa dinámica aprendimos (creo) a valorar cine comercial («son muy buenos para destrozar lo malo, aprendan a sacarle jugo a lo bueno hasta de lo comercial») y observar con atención «El gran pez» de Tim Burton de donde rescato otro elemento muy inteligente en un diálogo (mas o menos como lo recuerdo):

– Estoy tratando de hacer una metáfora
– Entonces no debes empezar con una pregunta. La gente te va a querer contestar.

Por cierto cuando se fastidiaba de nosotros nuestro profesor, terminaba con un «vámonos a la chingada». Pero realmente si me obligó a pensar. ´amonos.